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Recuerdo
Porque te recuerdo tengo presente tu cuerpo desnudo en la memoria de mi pila bautismal. Porque te recuerdo tus pechos se muestran lascivos en mis noches de placeres solitarios. Porque te recuerdo me pierdo por las calles gritando tu nombre anclado en un cristal de invierno. Porque te recuerdo acuno mis palabras en un regazo quebrado. Porque te recuerdo sueño con mi mano en tu sexo en una explosión de rosas rojas. Porque te recuerdo disfrazo tus promesas de furia melodiosa o semilla dispersa. Porque te recuerdo la gloria de las orquídeas compartidas se metaforiza en un desván de olvidados cuerpos desnudos. (Cenizas en la memoria)
Invierno
Los problemas llegaron en la veintena. Aquella chica se esfumó sin saber yo la razón. Aunque hay datos en mi biografía que aseveran que fui yo el desaparecido. Mi cuerpo, que hasta entonces había sido un territorio discreto, empezó a llenarse de señales. Los granos aparecieron como pequeñas rebeliones rojas, como si mi piel hubiera decidido encender una constelación torpe sobre mi cara y mi espalda. De pronto el espejo dejó de ser un aliado. A eso se sumó otro descubrimiento más silencioso: mi poca fuerza física. Mientras otros hombres parecían habitar sus cuerpos con una naturalidad robusta, yo empecé a sentir el mío como una casa algo frágil. Y frente a las mujeres esa fragilidad se volvía más visible. No era falta de deseo. Al contrario. Las mujeres seguían produciendo en mí la misma mezcla de fascinación y respeto que había conocido de adolescente. Pero ahora venía acompañada por una pregunta constante: si sabría estar a la altura. Así empezó a crecer un invierno tranquilo dentro de mí. Un invierno hecho de silencios prudentes, de palabras que preferían quedarse sin decir, de pasos que se detenían justo antes de acercarse demasiado. Como si el muchacho que una vez se sintió suficiente hubiera olvidado, poco a poco, cómo volver a serlo. (Cenizas en la memoria)
Desnudo
Desnudo de todo me presento ante ti. Mejor dicho, ante tu recuerdo. Ese reptil venenoso que adula mi memoria con un jolgorio inhumano de lascivas soledades. Tiembla todo mi cuerpo en una obscena negligencia. Recorro de pensamiento toda tu epidermis y vuelvo a temblar, en esta ocasión con más intensidad. Cada poro de tu piel es un libertino dolor que me devora en esta soledad elegida por mí. ¿Lo ves?, recuerdo que me dijiste el primer día que nos vimos al demostrarme que tu cuerpo tenía una piel de seda. Y el último. La segunda vez quise, con la torpeza del niño que intenta montar su juguete el día de su cumpleaños, recuperarte sin apenas esfuerzo emocional. Y tú, en el umbral de la puerta, te diste media vuelta y hasta hoy. No. Hasta nunca, me sentenciaste. (Cenizas en la memoria)
Sudor
Aún habita tu sudor en mí. Aquel hotel. Aquel día tórrido de un Madrid ochentero con ínfulas de europeo acomplejado. Aquel silencio que navegaba entre nosotros con la fuerza de un desprecio que comenzaba a habitar en ti. Lo noté en tu mirada cuando me dijiste con el candor de una ninfa acostumbrada a ser observada que ya no volveríamos a vernos. Puse mis labios en tu sudor que se expandía procaz por todo tu cuerpo y cuando besé tu cuello diste un respingo tal que tus ojos se clavaron en mi desnudez mientras yo te pedía perdón. No sé la razón. Eres repugnante, sentenciaste llena de un pudor místico. Y me dejaste suspenso en aquella destartalada cama con mi sexo deseoso de caricias y apuntando al tuyo con la fuerza de un inexperto joven. Todavía conservo en mi almario el sabor de aquel sudor que te había convertido en la mujer más atractiva de mi vida. (Cenizas en la memoria)
Herida
Sorda. Sí. Así es. No se oye. No se ve. Pero se siente. Es profunda como una sima oceánica. El dolor rezuma como la lava de un volcán destruye cuanto inunda. Es intenso. Como una plaga castiga la inocencia y deambula por mi interior cual fantasma con esputos en el alma. Este salivazo emocional me prostituye los sentidos y me deja exhausto tras leer tus ojos. Sí, esos que se clavan en mi sexo indolente con la lujuria de una mujer con sangre de sinfónico placer. Y explota. (Cenizas en la memoria)
Verano
Durante mi primera adolescencia fui feliz y entonces no lo sabía. La culpa —o el milagro— fue de una chica que todavía recuerdo. No sé si ella llegó a entender el efecto que producía al acercarse, al reír, al mirarme como si el mundo fuera algo sencillo que se podía compartir. Fue ella quien me espabiló. Quien me sacó del rincón tímido donde los muchachos suelen esconderse cuando el cuerpo empieza a cambiar y todo parece demasiado nuevo. A su lado el miedo no tenía demasiado espacio. Las palabras salían con una naturalidad que después tardaría años en volver a encontrar. Yo hablaba, caminaba, incluso soñaba con una ligereza que ahora me parece casi irreal. No ocurrió nada extraordinario. No hubo grandes promesas ni gestos memorables. Solo la sensación limpia de que una chica podía mirarme y encontrar en mí algo suficiente. Y así descubrimos nuestros cuerpos. Y durante un tiempo —breve, luminoso— yo también lo creí. (Cenizas en la memoria)
Imaginado
El amor imaginado tiene algo de refugio. En ese abrigo puede ser intenso, incomprendido, profundo, solitario… Sobre todo, no corre el riesgo de ser rechazado por esa mujer que se dibuja en bucle en la memoria. Y así, sin darme cuenta, he ido acumulando inviernos. Unos, heredados de un torbellino emocional; otros, elegidos por mí sin darme cuenta. Hasta que llegó un día en el que aprendí a quedarme solo, sin el asedio de la pasión… No escribo estos versos para acusar a nadie de mis culpas, ni siquiera al muchacho poco sazonado que fui. Los escribo porque, al fin, empiezo a sospechar que incluso el invierno más largo contiene una pequeña grieta. Y en ocasiones basta una grieta para que el hielo empiece a fundirse. (Cenizas en la memoria)
Adiós
Entre nosotros el amor desaparece lentamente, como una aventura que se ahoga en furtivas promesas de primavera. Lo que un día fue claridad se vuelve ahora un territorio de reproches, un cuchillo de palabras que hiere la calma de los días. Y mi sangre se agita, como si presintiera un largo tiempo de ausencias. En la memoria comienza a caer un alud de melancólicas lágrimas. El recuerdo mutuo desciende hasta los sótanos de nuestras vidas, donde quedan guardadas las cosas que ya no sabemos nombrar. Allí permanecen, entre sombras, las caricias olvidadas y los gestos que alguna vez fueron nuestros. Entonces la punzante memoria de aquel amor hiere mi tristeza cansada y deja en mis labios un sabor antiguo, como un ramillete interminable de cerezas que el tiempo no ha conseguido borrar. (Cenizas en la memoria)
Cerca
Mientras mi necesidad de vida se anega en falsos «me quieres» que el viento repite sin convicción, la sensación de tenerte cerca sana lentamente las heridas que aún me duelen. No necesito promesas ni palabras grandes: basta la tibieza de tu presencia. Porque hay heridas que no se curan con explicaciones, sino con la sencilla certeza de que alguien permanece a nuestro lado. (Cenizas en la memoria)
Somos
Estos poemas son una forma de permanecer un momento en silencio frente a lo que somos cuando nadie nos mira. Un lugar donde la memoria respira sin prisa y deja aparecer aquello que el ruido de los días suele ocultar. Tal vez escribir sea solo eso: detenerse un instante ante uno mismo y escuchar lo que queda cuando todo alrededor calla. (Cenizas en la memoria)
Acordes
Ya no persigo sueños rotos. Aprendí a recogerlos con paciencia, como quien reúne los fragmentos de un cristal antiguo. Los he cosido con el hilo claro de tus ojos y con la calma que dejan los años. Ahora descansan en mí, transformados en algo más sereno. Y cuando pienso en ti, siento que aún podría cantarte al son de acordes que todavía no existen, acordes que nacen lentamente en el corazón cuando la memoria se vuelve música. (Cenizas en la memoria)
Ojos
A veces regresan sin nombre ni voz. Solo unos ojos que me miraron una vez y dejaron en mí una claridad imposible de borrar. Desde entonces viven en un rincón secreto de la memoria, como una lámpara que nunca termina de apagarse. No sé de dónde vienen cuando aparecen ni por qué vuelven en las noches más calladas. Tal vez los recuerdos caminan por dentro de nosotros como sueños que no han terminado de irse. (Cenizas en la memoria)
Días
Hay días en los que el pasado regresa sin hacer ruido, como un mal sueño que se desliza por la penumbra de la mañana. No golpea la puerta ni anuncia su llegada. Simplemente aparece y se sienta a mi lado como si nunca se hubiera marchado. Me mira en silencio y espera. Y en ese silencio las horas se vuelven lentas, como si el tiempo dudara. Entonces la memoria abre sus ventanas y vuelven los rostros, las palabras olvidadas, la tenue luz de lo que fuimos. (Cenizas en la memoria)
Cenizas
La memoria guarda lo que el fuego no pudo llevarse: un nombre, una tarde, la sombra leve de una voz. Entre las cenizas del tiempo permanecen pequeñas brasas que nadie ve, pero que siguen ardiendo en silencio. A veces basta un gesto, una música que llega desde lejos o un olor perdido en la calle para que todo vuelva a encenderse. Entonces comprendo que lo vivido no desaparece del todo: queda en nosotros como una ceniza tibia que el tiempo no consigue apagar. (Cenizas en la memoria)
Por qué poemas en prosa
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Prólogo
La memoria no suele presentarse con claridad. Más bien llega como un resto, como algo que permanece después de que el tiempo haya hecho su trabajo silencioso. No siempre conserva lo esencial ni lo ordena con justicia; a veces guarda lo que creíamos perdido y borra aquello que parecía destinado a permanecer.
Estos poemas nacen de ese territorio incierto.
No buscan reconstruir una historia ni explicar el pasado. Son, más bien, fragmentos: pequeñas persistencias de lo vivido, instantes que no terminaron de extinguirse y que regresan con la forma imprecisa de una imagen, de una voz, de un gesto que vuelve sin pedir permiso.
Quizá la memoria sea eso: un lugar donde lo que ardió alguna vez continúa dejando señales. No fuego ya, sino ceniza. Restos que el tiempo no dispersó del todo.
Los textos que siguen no pretenden iluminar esas huellas ni darles un sentido definitivo. Se limitan a mirarlas de cerca, con la conciencia de que toda memoria es incompleta y de que, incluso en sus silencios, persiste algo que merece ser escuchado. (Cenizas en la memoria)
